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Diario de un aula

Volver a creer en uno mismo: la educación que va más allá de los libros

En los centros de educación de adultos y de segunda oportunidad, el profesorado trabaja con jóvenes y mayores que arrastran experiencias de fracaso escolar, situaciones de vulnerabilidad y falta de autoestima. Su labor demuestra que enseñar también significa escuchar, acompañar y ayudar a reconstruir vidas.

Dani Cabezas | 27·octubre·2026

Es algo prácticamente universal: todos recordamos a algún profesor o profesora que nos marcó especialmente. Pero también los docentes guardan en la memoria historias de alumnos cuyo paso por sus aulas les dejó una huella profunda. Domingo Alcázar recuerda a uno que trabajaba en la organización de circuitos de Fórmula 1 por todo el mundo. Era un profesional acostumbrado a desenvolverse en un entorno laboral complejo y a asumir responsabilidades, pero cuando entraba en clase parecía transformarse en otra persona. De repente, recuperaba la inseguridad de un niño de doce años, como si las malas experiencias escolares de su infancia siguieran acompañándolo décadas después. Para Domingo, aquella contradicción ilustraba hasta qué punto el fracaso educativo puede dejar una huella profunda en las personas.

Este profesor de Matemáticas, jubilado recientemente tras más de tres décadas de ejercicio, pasó sus últimos quince años en el Centro de Educación de Personas Adultas (CEPA) Río Sorbe, en Guadalajara. Allí trabajó con alumnos de perfiles muy distintos: jóvenes que habían abandonado la enseñanza convencional, adultos que necesitaban una titulación para mejorar sus perspectivas laborales y personas mayores que simplemente deseaban seguir aprendiendo. Muchos compartían una relación complicada con el sistema educativo.

Aquí el 100% de nuestra labor es, antes que profe, todo lo demás: somos psicólogas y trabajadoras sociales porque el acompañamiento es global

Alumnos adultos con las manos levantadas

© iStock | miniseries

Para Domingo, la clave está en conseguir que esas personas recuperen la confianza en sus propias capacidades y vuelvan a sentirse cómodas en un aula. Una tarea que exige mucho más que dominar una materia. "Es prioritario conformar un espacio donde la escucha, el acompañamiento y la honestidad formen parte de todo el proceso", sostiene. Porque muchos de sus alumnos llegan con una mochila cargada de inseguridades, convencidos de que no sirven para estudiar. Y antes de abordar una ecuación o cualquier otro contenido académico, es necesario ayudarles a desprenderse de ese peso.

Antes que profesores, acompañantes

La atención psicológica y social resulta imprescindible para que jóvenes vulnerables puedan volver a aprender

En el distrito madrileño de Carabanchel, Esperanza desarrolla una labor que comparte buena parte de esa filosofía. Tiene 42 años y trabaja como profesora y jefa de estudios en la UFIL Puerta Bonita, un centro público de segunda oportunidad que atiende a jóvenes de entre 16 y 20 años que no han obtenido el título de Educación Secundaria Obligatoria. Entre sus estudiantes hay adolescentes que han sido expulsados o se han desvinculado del sistema educativo, pero también jóvenes migrantes que han llegado a España en circunstancias especialmente difíciles. Algunos carecen de una red familiar, de documentación o incluso de un lugar estable donde vivir.

"Aquí el 100% de nuestra labor es, antes que profe, todo lo demás", resume Esperanza. En semejantes condiciones, aprender un oficio es sólo una parte del trabajo. "Somos psicólogas, trabajadoras sociales… de todo. El acompañamiento es global", añade. Porque, como ella misma resume, "si no están bien difícilmente podrán aprender". Así, el profesorado debe atender problemas que van mucho más allá de los contenidos académicos, desde las dificultades de convivencia hasta situaciones personales especialmente dolorosas.

Es prioritario conformar un espacio donde la escucha, el acompañamiento y la honestidad formen parte de todo el proceso

Una profesora y un alumno hablando en los pasillos

© iStock | jacoblund

Esperanza recuerda, por ejemplo, a un joven que estudiaba en el centro y estaba vinculado a una banda. Su relación con el centro fue mucho más allá de las clases e incluso llegó a visitarlo en prisión. Con el tiempo, consiguió desvincularse de aquel entorno y encontrar trabajo. "Más importante que tener un título es que haya salido de la banda", reflexiona la profesora, para quien el verdadero éxito de aquella historia fue la posibilidad de construir una vida diferente.

También recuerda a una alumna que llegó con la autoestima "por los suelos", convencida de que no tenía capacidad para estudiar. Las experiencias vividas durante su paso por el instituto habían deteriorado tanto su confianza que dudaba incluso de su propia memoria. El acompañamiento recibido le permitió recuperar la seguridad en sí misma y terminar cursando con éxito un ciclo formativo de grado medio. Hoy, al recordarla, Esperanza se sigue emocionando.

Mirar el fracaso de otra manera

Aprender sin jerarquías permite a los adultos recuperar la confianza y comprender conceptos antes imposibles

Domingo ha presenciado transformaciones similares. Recuerda a una joven que llegó a España exiliada de Irak y apenas hablaba castellano. Con el apoyo del centro, consiguió continuar su formación y acabó estudiando Farmacia. Tanto ella como su familia siguen escribiendo a sus antiguos profesores para expresarles su agradecimiento. Otra antigua alumna, que necesitaba una titulación de Prótesis Dentales para continuar desarrollando su actividad profesional, logró superar sus temores y obtenerla. Todavía mantiene el contacto con Domingo.

Historias como estas demuestran que el fracaso escolar no debería interpretarse como una sentencia definitiva. Una persona que durante la adolescencia no consigue adaptarse a las exigencias académicas puede desarrollar plenamente sus capacidades más adelante. "Todo tiene salida y hay que esperar a los momentos", reflexiona Domingo, que reconoce cuánto le han enseñado sus propios alumnos a relativizar el fracaso escolar y a comprender que las dificultades académicas no tienen por qué condicionar toda una vida.

Estudiantes atendiendo en clase

© iStock | jacoblund

De hecho, muchos de sus estudiantes se sorprendían al descubrir que comprendían sin dificultad conceptos matemáticos que en su adolescencia les habían parecido imposibles. Para Domingo, el objetivo no era únicamente que aprendieran a resolver problemas, sino que desarrollaran herramientas de razonamiento y una nueva percepción de sus propias capacidades.

Su metodología apostaba por la participación, el aprendizaje colaborativo y una relación menos jerárquica entre docentes y estudiantes. El profesor debía actuar como guía y reconocer que las personas adultas también tienen experiencias y conocimientos que aportar al aula.

Una labor que necesita recursos

La educación pública ofrece segundas oportunidades para que ningún estudiante limite su potencial de partida

Sin embargo, este modelo educativo se enfrenta a dificultades importantes. Domingo denuncia la escasez de medios y critica que las administraciones evalúen los centros principalmente mediante cifras, sin considerar suficientemente el valor de las transformaciones personales. "No mira las personas, y no a cada persona, sino que hace un balance general", lamenta. También reconoce que muchos estudiantes abandonan porque les resulta imposible compatibilizar las clases con el trabajo y las responsabilidades familiares.

Esperanza coincide en la necesidad de reforzar las plantillas. Aunque su centro dispone de recursos materiales gracias a la financiación europea, considera fundamental contar con más profesionales para ofrecer una atención verdaderamente individualizada. También denuncia el exceso de burocracia, que obliga a facilitar información "por triplicado", y la vulnerabilidad de los jóvenes migrantes tutelados cuando cumplen dieciocho años y, de un día para otro, "se van a la calle", perdiendo los apoyos que les permitían estudiar.

Todo tiene salida y hay que esperar a los momentos: las dificultades académicas no tienen por qué condicionar toda una vida

Ambos defienden el papel esencial de la educación pública como garantía de oportunidades para quienes más dificultades encuentran. Pero también reivindican una concepción de la enseñanza que no reduzca el éxito a las notas o los títulos. Porque detrás de cada estudiante que vuelve a sentarse en un pupitre hay una historia diferente. Y, en ocasiones, el logro más importante de un profesor consiste en conseguir que alguien que había dejado de creer en sí mismo descubra que todavía puede aprender, avanzar y elegir su propio futuro.

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