Daniel García-Tizón pensó que estudiar ya no le llevaría a ninguna parte. Años después, convertido en profesor de Formación Profesional en Vallecas, ayuda a sus alumnos a descubrir que su futuro no está escrito
Paco Galán | 27·octubre·2026
Daniel García-Tizón tenía claro que no quería seguir estudiando. Había llegado a segundo de Bachillerato, pero cuatro asignaturas pendientes le obligaban a repetir curso. A sus ojos, volver a empezar no tenía demasiado sentido. Pensaba que aquel camino no le llevaría a ninguna parte y llegó a plantear a sus padres una petición que hoy recuerda entre risas: “A mí quítame el escritorio y la silla, que yo no voy a seguir estudiando”. Quería poner un puf en su habitación, ver la televisión y jugar a la videoconsola. Su padre no cedió: “Mientras que vivas aquí, en la habitación mandamos nosotros y se va a quedar tal cual”.
Aquel joven que imaginaba su futuro lejos de las aulas no podía sospechar que acabaría dedicando su vida a enseñar. Tras abandonar Bachillerato, encontró una alternativa en un grado medio de Carrocería. Estudió en Alcobendas, pese a vivir en Fuenlabrada, y consiguió trabajo en el taller donde realizó las prácticas. En 2005, aproximadamente, comenzó una etapa laboral que parecía marcar el final de su formación académica. Pero dos años después volvió a hacerse una pregunta: ¿podría llegar más lejos si lo intentaba?

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En 2008 se matriculó en el grado superior de Automoción después de superar la prueba de acceso. Allí encontró a un profesor que le abrió posibilidades que hasta entonces no había contemplado. Podía seguir creciendo profesionalmente, estudiar una carrera o incluso convertirse en docente. “Siempre ha estado ahí y ha sido un gran apoyo”, recuerda sobre aquel tutor, con quien todavía mantiene relación y que también le acompañó durante la preparación de las oposiciones.
La idea de enseñar terminó de cobrar fuerza gracias a otro profesor, al que conoció cuando trabajaba en el taller y recibía a sus alumnos en prácticas. En una de aquellas conversaciones le lanzó una frase que acabaría teniendo consecuencias: “Sabes, creo que tienes madera de profesor”.
Daniel decidió continuar estudiando. Desde 2010 compaginó el trabajo con la formación universitaria, primero en el taller y después en las aulas. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tardes. En 2017 obtuvo el título de graduado en Ingeniería Mecánica, y más tarde cursó el máster del profesorado y comenzó a dar clases. Tras presentarse a las oposiciones en 2021, consiguió su plaza en 2024. Hoy es funcionario de carrera con destino definitivo en el CIFP Profesor Raúl Vázquez, un centro público integrado de Formación Profesional de la Comunidad de Madrid situado en el Puente de Vallecas.
En el centro imparte materias relacionadas con el Transporte y el Mantenimiento de Vehículos, tanto en el grado superior de Automoción como en el ciclo de Montaje Estructural Aeronáutico, del que también es tutor. Pero su trabajo no termina cuando acaba la explicación técnica. Detrás de cada alumno hay circunstancias que pueden facilitar o complicar su formación: responsabilidades familiares, dificultades económicas, dudas sobre su futuro o la sensación de no estar a la altura.
“Siempre intento inculcarles ese pequeño hábito del sacrificio, del esfuerzo”, explica. “No se trata de exigirles que puedan con todo, sino de ayudarles a comprender que las dificultades presentes no tienen por qué determinar su futuro”. Una titulación, recuerda, puede abrir muchas puertas y facilitar que una persona vuelva a encontrar trabajo pese a que atraviese una crisis personal o pierde su empleo.
En Vallecas, algunas barreras son muy concretas. El centro se encuentra junto a la carretera que conecta Villaverde con Vallecas, cerca de la M-40, y llegar hasta allí no siempre resulta sencillo. Para estudiantes de 15 o 16 años, sin permiso de conducir, el transporte público o la ayuda familiar son determinantes. A ello se suman los gastos de materiales y equipos de protección necesarios para las prácticas.

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La brecha digital también está presente. El instituto dispone de un sistema de préstamo de ordenadores para quienes no pueden permitirse uno en casa o necesitan compartirlo con otros familiares que estudian. “Ciertos alumnos sí que demandan ese servicio porque no se pueden permitir tener ni siquiera un ordenador en casa”, señala Daniel.
Por eso intenta hablar con sus estudiantes de su propia experiencia, aunque no le guste convertirla en el centro de todas las conversaciones. Quiere que entiendan que no siempre todo es fácil y obvio. Que no siempre se descubre pronto la vocación y que equivocarse de camino no significa haber fracasado. “A nadie se le puede decir desde el primer momento: tú ya no vas a poder ser médico, ingeniero o lo que sea”, afirma. La posibilidad de llegar a la universidad no debería quedar descartada antes siquiera de intentarlo.
Entre los alumnos que han pasado por sus clases recuerda el caso de un joven que cursaba Bachillerato al que siempre le habían gustado los coches. Sin embargo, la influencia familiar le había llevado a elegir una formación que no terminaba de encajar con él. Cuando llegó al taller, las dificultades prácticas comenzaron a hacerle dudar de su capacidad. Le costaba trabajar con las manos y no veía claro que pudiera terminar el ciclo.
Daniel trató de hacerle entender que la destreza también se aprende. “Las cosas también se trabajan y se acaban consiguiendo con trabajo y con esfuerzo”, sostiene. El alumno logró superar sus estudios y encontró empleo en un taller. Tres o cuatro años después, regresó al centro convertido en jefe de taller. Cuando se encontró con los profesores que le habían acompañado, se acercó emocionado a agradecerles su apoyo.
Para Daniel, esos encuentros dan sentido a una parte del trabajo que no aparece en los horarios. A veces, durante las visitas a empresas, antiguos estudiantes lo reconocen y le recuerdan las clases. Otros le escriben por correo, le piden mantener el contacto o incluso se ofrecen a facilitar materiales para el instituto. “Te dan las gracias y te dicen: “Fíjate, estoy aquí... Lo he conseguido””, cuenta.

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Son gestos que confirman que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. También implica escuchar, detectar cuándo alguien empieza a desconectarse y ofrecer orientación para que encuentre su propio camino. Daniel, sin embargo, advierte de que los docentes no siempre disponen del tiempo necesario. Con unos 30 alumnos por grupo, atender sus circunstancias personales, preparar las clases, buscar empresas para prácticas y afrontar la burocracia puede convertirse en una carrera contra el reloj.
“Al final, no hay que olvidar que estamos tratando con personas”, recuerda. Por eso considera necesario reducir las tareas administrativas y dedicar más tiempo al acompañamiento. A veces, detectar a tiempo las dudas de un estudiante puede evitar que abandone sin haber explorado otras posibilidades.
A sus 40 años, Daniel sabe que su recorrido no ha sido lineal. Si hubiera aprobado Bachillerato, probablemente habría intentado estudiar Informática. En cambio, encontró su vocación después de trabajar, regresar a las aulas y descubrir nuevas oportunidades. Su carrera de cuatro años le llevó siete, porque tuvo que compaginarla con el taller. No fue el camino más corto, pero sí el que le permitió llegar hasta donde está.
A los jóvenes que creen que los estudios superiores no son para ellos les pide que no se cierren puertas antes de tiempo. “Si tú mismo ya te niegas esa posibilidad, evidentemente nunca vas a tener la oportunidad de conseguirlo”, advierte. Algunos de sus alumnos han terminado accediendo a la universidad; otros han empezado a trabajar y después han regresado a los estudios.
La educación pública no puede resolver por sí sola todas las desigualdades, pero sí ofrecer herramientas para combatirlas: formación y oportunidades a todos por igual y adultos dispuestos a confiar incluso en quienes todavía no confían en sí mismos. La historia de Daniel también recuerda la importancia de contar con centros accesibles, recursos suficientes y docentes que tengan tiempo para acompañar a sus estudiantes.
Él tuvo profesores que vieron posibilidades donde solo había dudas. Hoy intenta hacer lo mismo con las nuevas generaciones, y cuando un antiguo alumno regresa para contarle que ha encontrado su sitio, comprende que aquella semilla sigue creciendo en él. “Al final, a mí también me ayuda a seguir mejorando”, reconoce.
Quizá esa sea una de las mayores fortalezas de la educación pública: que una persona pueda encontrar una segunda oportunidad y, años después, convertirse en quien se la ofrece a otra. Porque el futuro de un estudiante no siempre cambia con una gran decisión. A veces empieza con una conversación, una palabra de aliento o un profesor que se niega a darlo por perdido.