Una habitación compartida, un móvil como única herramienta de estudio y padres que apenas pueden ayudar con los deberes. Así es el día a día de muchos alumnos a los que solo les queda el compromiso de los profesores que trabajan por abrirles caminos que antes parecían imposibles
Paco Galán | 27·octubre·2026
En algunas aulas, la primera lección del día no aparece escrita en la pizarra. Antes de abrir un libro, hay alumnos que necesitan recuperar el sueño, sobreponerse al hambre o encontrar la calma después de una noche difícil. En el CEIPSO Miguel de Cervantes de Alcorcón, la enseñanza convive con una realidad que va mucho más allá de los contenidos académicos.
Esther García es profesora en este centro y conoce bien ese escenario y las posibilidades que se abren cuando alguien decide no dar a ningún niño por perdido. “Lo mío es vocacional. Estudié Magisterio porque desde pequeña me gustaban los niños y enseñar”, explica. Esa vocación se pone a prueba cada día en un centro donde las dificultades sociales entran en clase de la mano de los estudiantes.

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Llegar tarde, falta de atención o de motivación son algunos de los primeros obstáculos que encuentra el profesorado. Pero hay problemas menos visibles y más difíciles de resolver. “Nos podemos encontrar con alumnos que vienen sin desayunar y, por lo tanto, con poca capacidad de atención; o sin haber dormido las horas suficientes y se quedan dormidos en clase”, cuenta Esther. El cansancio y las preocupaciones familiares condicionan el aprendizaje antes incluso de que empiece la explicación del profesor.
Pero las dificultades y desigualdades siempre van un paso más allá. Muchos estudiantes viven con sus familias en una sola habitación y carecen de un ordenador o de una simple mesa para hacer los deberes. El teléfono móvil se termina convirtiendo en su principal herramienta de estudio.

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A eso se suma la situación de unos padres que, cuando consiguen empleo, pasan el día trabajando en condiciones precarias o encadenando varios trabajos. “Muchos de nuestros alumnos pasan las tardes solos en casa sin supervisión”, señala la profesora. Otros no reciben ayuda con las tareas porque sus familiares no tuvieron acceso a una educación o no saben leer ni escribir.
En el centro intentan compensar parte de esas carencias prestándoles tablets, con una sala de ordenadores y con una biblioteca abierta por las tardes. Estos recursos permiten estudiar a quienes no disponen de un espacio adecuado en casa, aunque, lamentablemente, no evitan todas las dificultades.
Entre todas las historias que esta profesora ha vivido guarda con especial cariño una que demuestra el alcance de ese esfuerzo colectivo. Dos hermanos, que vivían en una zona de selva profunda en su país de origen, y donde apenas habían podido acudir a la escuela porque les quedaba demasiado lejos, llegaron al centro para incorporarse a 6º de Primaria y 1º de la ESO. No sabían leer y apenas podían escribir. La distancia que debían recorrer para alcanzar el nivel de sus compañeros era enorme, pero, afortunadamente, no estaban solos.
Un grupo de profesores decidió aprovechar cualquier hueco disponible para trabajar con ellos. Los hermanos también pusieron de su parte y les pedían a los profesores quedarse durante los recreos para seguir aprendiendo, algo que los docentes aceptaron. “Se esforzaron cada día hasta que consiguieron ponerse al mismo nivel que el resto de compañeros”, recuerda la profesora. Necesitaron apoyos para determinadas tareas, pero su avance fue rápido.

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Hoy, esos dos niños cursan 4º de la ESO y 1º de Bachillerato. La hermana, además, juega en un equipo de fútbol de 1ª división femenina. Su familia ha conseguido estabilizarse y traer a España a las hermanas pequeñas. Ahora es una de las familias que más colabora con el centro. Además está muy implicada y comprometida con los estudios de sus hijos.
La historia no se hizo realidad únicamente por el trabajo de los profesores, ni solo por la voluntad de los alumnos... La historia habla de lo que ocurre cuando se dan ambas circunstancias: una oportunidad real y alguien dispuesto a aprovecharla.
Esther García defiende la educación pública como una herramienta para reducir las desigualdades. “La escuela pública es la herramienta que neutraliza las desigualdades. Su gratuidad evita que la falta de recursos económicos cierre las puertas de las aulas a quienes más las necesitan”, sostiene.
Pero también reclama mejores condiciones para atender a los alumnos. En sus clases conviven estudiantes con necesidades educativas especiales, alumnado de compensatoria y jóvenes que se incorporan tarde al sistema educativo español. La elevada ratio de alumnos por clase y la presencia de hasta cuatro niveles curriculares diferentes en una misma aula multiplican la dificultad. “La gente no sabe los malabares que tenemos que hacer para conseguir que grupos tan diversos como los que tenemos aprendan algo cada día y estén motivados”, advierte. Su petición es concreta: más medios para trabajar con calidad.
Pese a todo, cada mañana encuentra razones para volver. “Aunque los días sean difíciles, siempre encuentras durante el día una sonrisa, una mano que sostener, alguien que necesita tu ayuda con las tareas”, cuenta. En esas pequeñas escenas encontramos esa parte de la educación que no se ve en las notas ni en las estadísticas: los alumnos que llegan sin desayunar o quienes reconstruyen su vida lejos de su país como esos dos hermanos que cambiaron los recreos por lecciones de lectura y hoy avanzan hacia un nuevo futuro.
Esther sabe que la escuela no puede resolver por sí sola todos los problemas que rodean a sus estudiantes, pero puede ofrecerles herramientas, confianza y una oportunidad que de otro modo quizá no tendrían. “Me motiva poder aportar mi granito de arena para que esas personitas que, en definitiva, son nuestro futuro puedan tener un aprendizaje de calidad”, concluye. En su aula, esa promesa se ve cada día: una educación y una oportunidad en la vida para todos.