En Atienza, una pequeña localidad de la Sierra Norte de Guadalajara, niños de distintas edades comparten aulas y aprendizajes. Una maestra jubilada y una madre reivindican las virtudes de un modelo educativo cercano y familiar que también se enfrenta a la falta de recursos y la inestabilidad del profesorado.
Dani Cabezas | 27·octubre·2026
Atienza, al norte de Guadalajara, es uno de esos lugares que llevan con orgullo pertenecer a la lista de pueblos más bonitos de España, junto a otras 125 localidades de todo el país. Un enclave medieval único coronado por un castillo construido entre los siglos XI y XII, con intrincadas callejuelas y cuestas empinadas que desembocan en plazas llenas de encanto. Y pese a contar con apenas 400 habitantes, es uno de los principales núcleos de población de la comarca. De ahí que su colegio acoja a niños llegados de pueblos ubicados a varias decenas de kilómetros.
El de Atienza es un CRA. O, lo que es lo mismo, un Colegio Rural Agrupado, donde niños y niñas de diferentes edades comparten aula. Una manera distinta de aprender en la que los profesores establecen una relación especialmente cercana con las familias y los propios niños.

Vista de Atienza, un pequeño pueblo en la provincia de Guadalajara, España · © iStock | Ivan Lopez Gonzalez
Así lo confirma Josefina, conocida por todos como Sefi, una maestra jubilada que ha trabajado durante casi 20 años en el CRA de Atienza. En sus clases compartían aula niños de tres, cuatro y cinco años, algo muy diferente a lo que había visto durante los 20 años anteriores de labor como maestra en Cataluña.
"Considero que es positivo que los niños estén juntos de diferentes edades, porque favorece el aprendizaje entre iguales", explica Sefi. Según su experiencia, los grupos heterogéneos permiten que cada alumno aporte algo distinto. "Los más pequeños se sienten arropados por los mayores y estos, a su vez, pueden contribuir a ayudar a sus compañeros", añade. Una dinámica que también fomenta la responsabilidad y las relaciones sociales.
En los CRA, las aulas pueden estar repartidas entre distintas localidades, aunque administrativamente funcionan como un único colegio. Los profesores especialistas deben desplazarse entre pueblos y los tutores trabajan frecuentemente con alumnos de varios niveles educativos al mismo tiempo. Esto exige adaptar las actividades a las necesidades de cada niño y supone un esfuerzo adicional de planificación.
Mara, madre de Unai, que lleva ocho años escolarizado en el colegio de Atienza, comparte el entusiasmo de Sefi por este modelo educativo. "Yo, de manera objetiva, educativa, pedagógica, le veo todo ventajas", afirma. Y en su opinión, uno de sus mayores atractivos es precisamente la convivencia entre edades: "Los mayores cuidan a los pequeños. Los pequeños se fijan en los mayores, hacen muchas cosas juntos". En su pueblo, Albendiego, de apenas una treintena de habitantes, hay dos niños más: Julia y Vega, a los que es habitual encontrarse jugando libremente por las calles o el campo, en una forma de crecer muy diferente a la de los niños y niñas de la ciudad.
Precisamente, lo que más valora Mara no tiene tanto que ver con las calificaciones como con la educación para la vida. "A mí lo que me interesa es: ¿es compañero?, ¿se preocupa de sus compañeros?", explica al recordar las preguntas que suele hacer a los profesores cuando acude a hablar con ellos. Bajo su punto de vista, aprender a convivir, preocuparse por los demás y formar parte de un grupo resulta tanto o más importante que dominar las Matemáticas o la Lengua.

© iStock | Unaihuiziphotography
Las dimensiones reducidas de estos colegios permiten, además, establecer relaciones especialmente cercanas. "Si al final tienes a ocho alumnos en clase, en tres meses conoces a esos niños perfectamente, casi", señala Mara. Recuerda especialmente la etapa de Infantil, cuando Sefi acompañaba durante tres años a los mismos alumnos. "Tú fíjate si esa mujer no conoce a los niños y entabla una relación con ellos", comenta. Una familiaridad que se plasma en hechos como que algunos profesores lleguen incluso a asistir a los cumpleaños de sus alumnos.
Sefi confirma esa cercanía. "Al tener pocos alumnos y de localidades donde todos se conocen, se facilita mucho el acercamiento y la colaboración entre todos los miembros de la comunidad educativa", explica. El resultado es un vínculo "mucho más estrecho y personal" que, según recuerda, hace que en ocasiones el colegio parezca "una gran familia".
Aunque se jubiló hace siete años, Sefi sigue recordando prácticamente a todos sus alumnos. A algunos continúa encontrándoselos por la comarca y de otros recibe noticias a través de sus familias, incluso cuando ya han abandonado la zona. Es una muestra de cómo las relaciones construidas durante la infancia pueden prolongarse mucho después de abandonar las aulas.
Sin embargo, las ventajas de estos centros conviven con problemas importantes. Uno de los más señalados tanto por Sefi como por Mara es la inestabilidad del profesorado. "Cada año la mayoría de los profesores llegan nuevos", recuerda Sefi, que considera especialmente difícil desarrollar proyectos educativos a largo plazo cuando las plantillas cambian constantemente.
Mara comparte esa preocupación. "Mi hijo no ha tenido dos profesores iguales en la vida", asegura. A su juicio, esta rotación dificulta consolidar metodologías adaptadas a las particularidades de los colegios rurales. También es necesaria, en su opinión, una mayor formación específica para enseñar a grupos de distintas edades, en lugar de limitarse a impartir por separado los contenidos correspondientes a cada curso.
A ello se suma la falta de recursos. Sefi recuerda que durante sus años en Atienza la inversión educativa fue "muy, muy escasa" y que se produjeron numerosos recortes, aunque señala avances recientes, como la apertura de una escuela infantil de cero a tres años y la recuperación del comedor escolar.

© iStock | Imgorthand
Mara, por su parte, denuncia la falta de apoyos especializados para atender a alumnos que no dominan el castellano o presentan necesidades educativas especiales. "Nos sentimos bastante abandonadas", reconoce, aunque matiza que desconoce si la situación es peor que la de otros colegios públicos de ciudades como Madrid o Guadalajara.
También existen dificultades derivadas de las distancias. Sefi considera que los niños de las zonas rurales pueden acceder a la educación obligatoria en condiciones comparables a las del resto, pero advierte de los obstáculos para, por ejemplo, participar en actividades extraescolares. Al concentrarse muchas de ellas en las localidades principales y no existir transporte público suficiente, son las familias quienes deben asumir los desplazamientos.
Pese a todo, ambas coinciden en reivindicar las posibilidades de una escuela que convierte su pequeño tamaño en una fortaleza. Mara, además, cuestiona el prejuicio de que los alumnos de los colegios rurales salen peor preparados desde el punto de vista académico. Para demostrarlo, recuerda los ejemplos de antiguos alumnos y alumnas de la zona que han continuado sus estudios con éxito, algunos de ellos hasta llegar a la universidad.
Más allá de lo que depare el futuro a los estudiantes del CRA de Atienza, quienes lo mantienen vivo tienen claro que la educación no consiste únicamente en acumular conocimientos. También pasa por aprender a convivir, desarrollar la autonomía y formar parte de una comunidad. Aprendizajes que no siempre aparecen en los libros de texto, pero que constituyen una parte esencial de la educación pública.