Quienes la padecen la definen como un tormento, algo que puede ocurrir a cualquier edad, un problema estructural y hasta como una de las experiencias más dolorosas que puede vivir un ser humano. Hablamos de la soledad no deseada contada por uno de los colectivos más vulnerables a ella: las personas mayores.
“La soledad no deseada es cuando hablamos de un sentimiento negativo. La soledad en sí misma no es mala. El problema se produce cuando genera un malestar en las personas mayores y, además, ese malestar se alarga en el tiempo y se cronifica”, nos explica Teresa Cabezón, portavoz de Fundación Verisure, donde trabajan para prevenir y mitigar los problemas que esta soledad provoca en nuestros mayores.
Según el Barómetro de la Soledad No Deseada en España 2024, en nuestro país, una de cada tres personas mayores se siente sola. Un tercio de un colectivo es mucho como para no darse cuenta, pero lo cierto es que quien sufre esta soledad la vive con vergüenza.
“Todavía sigue tratándose como un estigma, tanto por parte de quien la padece como de quienes le rodean. Las personas que la padecen no quieren hablar sobre la soledad no deseada porque piensan que son responsables, que si se encuentran solos algo habrán hecho para estar en esa situación. Se sienten culpables”, nos cuenta Josefa Ros, investigadora del bienestar en personas mayores que viven en residencias en la Universidad Complutense de Madrid.
Lo cierto es que la soledad no deseada no es una cuestión de no haber trabajado las habilidades sociales lo suficiente, de no haber tenido la voluntad de cuidar la red de afectos ni, por supuesto, algo inherente a ir haciéndose mayor. “Cerca del 80% de las veces la causa reside en el contexto”, apunta Josefa. Hablamos de situaciones como un cambio de lugar de residencia, el aislamiento que produce el cuidado de terceras personas o el perder a tu entorno por el paso de los años.
El Instituto Nacional de Estadística estima que una de cada cuatro personas tendrá más de 60 años en 2030. La esperanza de vida, por su parte, ya se sitúa en los 84 años. Vivimos más y lo celebramos. Ahora bien, también deberíamos plantearnos una pregunta: ¿cómo queremos vivir esos años que vamos ganando?

Una mujer sentada en un banco | © elDiario brands
En Fundación Verisure ya se la han hecho. “Nuestro propósito de protección a las personas nos llevó a proteger especialmente a un colectivo que sentíamos cada vez más vulnerable, que era el de las personas mayores”, resume Teresa indicando, a continuación, que “ahora es el momento de hablar de soledad no deseada en personas mayores (…) porque es ahora cuando podemos empezar a prevenir para mitigar”.
Así es como nació Desoledad. Una nueva palabra para un nuevo proyecto. “Cuando dentro de Fundación Verisure decidimos crear este nuevo proyecto lo que queríamos hacer era buscar la solución. Y es ahí cuando decidimos crear la palabra ‘Desoledad’, que es deshacer la soledad. Es ese camino de salida, que es muy individual y además muy personal”.
Con este proyecto, trabajan el acompañamiento a mayores gracias al voluntariado corporativo, desarrollan proyectos de innovación social para aportar conocimiento y llevan a cabo campañas de sensibilización: les vimos recientemente participando en el Festival de las Ideas. Colocaron la soledad no deseada en personas mayores en el corazón de Madrid e hicieron que ocupara todas las conversaciones.
“El propósito vital es aquello que da sentido a nuestras vidas, esa finalidad, ese punto hacia el que vamos o hacia el que querríamos que nuestra vida se dirigiera”, nos cuenta Mercedes López Mateo, investigadora en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid.
Es a este propósito a lo que apuntan desde Fundación Verisure como herramienta para reducir la soledad no deseada. “Cuando hablamos de propósito no nos imaginemos cosas grandes. Hablamos más de un hobby, de algo que nos anime, que nos ilusione cuando nos despertamos por las mañanas (…) Para nosotros, la longevidad con propósito es ir cumpliendo pequeños objetivos, pequeños deseos que vayan ocupando cada vez más parte de nuestro tiempo” y que llenen el día a día de cosas positivas, resume Teresa.
Tendemos a asociar ese propósito con el mundo laboral, pero la realidad es que también lo hay cuando el trabajo deja de estar en nuestras vidas. Interiorizar este aspecto pasa primero por entender que la etapa de la jubilación ha cambiado. Queda ya lejos la época de la Alemania de Bismarck, cuando se instauró la jubilación como una forma de estructurar el ciclo vital. Fue a finales de 1880 y la esperanza de vida rondaba los 40 años. “En aquella época jubilarse estaba vinculado a la desconexión y a retirarte casi de la vida”, nos explica Elena del Barrio, directora del Área de Políticas y Contextos Sociales en Matia Instituto.
“En la actualidad, cuando vivimos más de 20 años en esa etapa de jubilación, hay que cambiar y empezar a pensar en esa etapa como un momento de oportunidades”, asegura. Vamos, como darle un ‘plot twist’ a esa idea que tenemos de la vejez como momento de pérdida.
“Lo que se tiene que preguntar una persona que llega a la jubilación respecto al propósito es qué es lo que realmente le mueve, le motiva, le importa, y a partir de ahí buscar el camino a hacer la actividad que te llena”, resume Elena.
Dicho así, parece sencillo, pero no siempre lo es. Se trata de encontrar algo que tenga sentido para cada persona y eso, en ocasiones, se complica. Bien porque uno ya no puede hacer muchas de las actividades que hacía antes o porque ha tenido que irse a vivir a una residencia.

Un grupo de mujeres en el parque | © elDiario brands
Entonces, toca reconstruir. “Para encontrar ese propósito, nos puede ser muy útil Aristóteles. Aristóteles cuando se preguntaba qué es lo propio del ser humano decía que era la capacidad introspectiva de mirarnos hacia dentro y preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida. ¿Estamos viviendo la mejor vida que podemos tener? ¿Qué es una vida buena?”, nos indica Mercedes a modo de pista.
También le quita presión: la búsqueda del propósito ya puede ser un propósito en sí y el solo plantearse qué queremos hacer ya contribuye a que algo en nuestro interior empiece a moverse.
Necesitamos de los demás. No solo para la búsqueda de ese propósito, sino para vivir. Su ausencia se traduce en soledad no deseada a distintos niveles: física, social y emocional. Volver a conectar y compartir con otras personas es fundamental para mitigarla.
En ese romper el aislamiento, el entorno va a ser fundamental. “Si no hay un punto de encuentro, un lugar donde puedas conectar con otras personas, la prevención se hace difícil y salir de la soledad es bastante más difícil que si estás en un entorno amigable, en el que realmente se trata de que todas las generaciones puedan estar y puedan convivir”, reflexiona Loles Díaz-Aledo, presidenta de la Fundación Grandes Amigos, que acompaña a personas mayores en situación de soledad.

Un hombre en la calle | © elDiario Brands
Y es que asegura que en ese reconectar, todo empieza en el barrio y es en ese entorno donde los voluntarios, sin paternalismo, sin edadismo (discriminación en función de la edad) y de igual a igual, acompañan a la persona mayor. “A partir de ahí, esta persona voluntaria ayuda a esa persona mayor a salir de casa, incluso físicamente, y le va metiendo de nuevo, organizando actividades, en su barrio. Se trata de ayudarle a crear de nuevo una red de apoyo”.
Porque, al final, como nos recuerda Teresa, de Fundación Verisure, “la soledad no deseada en personas mayores nos afecta a todos”. A presente y en previsión del futuro. “En España, cada vez tenemos mayor esperanza de vida y tenemos que ocuparnos de cómo vamos a vivir esos años: con qué barrios, con qué comunidades y con qué ciudades”.