Pensemos en un día normal de una familia normal. Desde que suena el despertador, que muchas veces ya es el mismo móvil, y al apagarlo, empezamos a echar un vistazo a las notificaciones, a las noticias, al tiempo. Un gesto que repetimos cada día adultos y adolescentes. Pensemos cuántas veces hacemos uso de la tecnología digital desde que nos despertamos, en el trabajo, en la universidad, cuando compramos, viajamos en el bus o elegimos la serie que vemos a la hora de comer. La tecnología ha inundado casi todos los aspectos de nuestras vidas y, por supuesto también, de nuestra vida familiar. Pero ¿por qué parece que siempre pensamos solo en la parte negativa de esta realidad?
Calificamos la tecnología como ruido, caemos en una engañosa nostalgia sobre la adolescencia sin redes sociales y miramos a nuestros hijos con ojos de adulto. “Yo creo que la propia tecnología y, sobre todo, la sociedad en la que vivimos es una herramienta más que podemos utilizar para estar conectados en familia”, asegura María Zabala, consultora de comunicación especializada en Ética y Ciudadanía digitales. Zabala, que imparte talleres y conferencias mientras desarrolla iniciativas de educación digital, está convencida de que la tecnología puede ayudar, no solo a evitar conflictos dentro del ámbito familiar sino a generar momentos de convivencia en positivo. La clave: aprender a convivir con las pantallas de una manera consciente, responsable, positiva, colaborativa y creativa.